La Astrología surgió antes quizá que ningún otro saber humano. Y lo hizo al aire libre, cuando, mirando al cielo, nuestros primeros antepasados comprobaron que los brillantes objetos que lo poblaban no eran iguales entre sí ni aparecían siempre en el mismo instante y lugar. Entre el Sol, la Luna y el resto de astros había diferencias, y su influjo en los hechos que acaecían en la Tierra eran también distintas. Sol y Luna marcaban distancia entre noche y día, y en invierno o verano, surgían unas u otras constelaciones de estrellas sobre el horizonte. Lo que sucedía arriba repercutía abajo.

El cielo, siempre susurró múltiples preguntas al ser humano y, a veces, le ayudó a resolverlas. Pero es difícil que, en los albores del mundo primitivo, cuando aún se creía que la Tierra era plana e inmóvil, todas esas preguntas hallaran respuestas plenamente convincentes; para resolverlas definitivamente hubo que esperar tiempos venideros. Sin embargo, la Luna, el Sol y las estrellas enseñaron al hombre a contar los días y medir el tiempo... Le inspiraron el lenguaje de los signos y números, el abecedario, la escritura... Le indicaron el mejor momento del año, del día y de la noche, para cazar, pescar o plantar una semilla. O para cortar la planta adulta y efectuar la cosecha y el reparto de bienes. Y, por supuesto, le hicieron creer en algo que estaba por encima de él: le transmitieron la fe en algo que veneraba y a la vez temía. No extraña pues que los astros lleven nombres de viejos dioses. Venus, por ejemplo, la estrella matutina y vespertina que aparece en el orto y en el ocaso junto al Sol, es para el astrólogo lo mismo que la diosa del amor, la belleza y el deseo, encarnó para los poetas grecorromanos: la capacidad de seducción que puede despertarse en algo o alguien. Y según sea la relación que Venus mantenga con otros astros en un preciso instante, así será la correspondencia con el amor o la belleza de aquéllo que nazca entonces. Porque, lo que sucede arriba tiene su espejo abajo.